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Federica Folco: entrenar el sentir

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La coreógrafa, bailarina y comunicadora uruguaya llega a Buenos Aires para brindar un seminario. El cuerpo, la empatía y el abrazo como mecanismos de salud en tiempos de pospandemia y distanciamiento social: teorías paridas desde el arte, la creación y el movimiento. Cómo confrontar con la política corporativa de la reducción de lo humano. Por Claudia Acuña.

Foto: Lina Etchesuri

No somos máquinas.

¿Cómo confrontar, entonces, a esa necesidad del poder corporativo de reducir lo humano hasta hacerlo equivalente a lo capturable por las pantallas desde celulares, computadoras, tevés, netflixs, etc y etcs? La coreógrafa, bailarina y comunicadora uruguaya Federica Folco lo cuestiona así, sintético y sencillo porque -y no aunque- maduró estas preguntas en infinitas cenas de debate y meditación en las que conversaron con personalidades de distintas disciplinas -filósofos, científicos, lingüistas y etcs- y en largas jornadas de digestión de textos que masticaron grupalmente hasta romper moldes y bordes. Tal como explica la presentación del proyecto publicada en su web, esta ruta de lectura tuvo estaciones muy variadas: “Nos atravesaron el enactivismo del neurobiólogo Francisco Varela, las relaciones de Dewey, lo que puede el cuerpo de Spinoza, los haceres de la danza, los fenomenólogos Marleau Ponty y Heiddeger, las comidas juntas, las neuronas espejo, la tensegridad de Castaneda, el yoga, Clark y Chalmers con su mente extendida, la estética de Boal, la experiencia del budismo, la teoría de los sistemas complejos, las emociones de Antonio Damasio, las respiraciones del Chi Kung, la teoría de los sistemas de desarrollo que Susan Oyama nos presenta, el lenguaje encarnado de Lakoff y Jhonson, las meditaciones Zen y Alva Noé sacándonos de la cabeza”.

Salir de la cabeza, entonces, es la propuesta.

Y para hacerlo, hay que salir también de la palabra, nos explica Federica.

A las lecturas interdisciplinarias y los debates gastronómicos hay que sumarle entonces el sudor que han producido en acciones que bautizó Lamasa, así, todo junto porque todojunto es la clave de esta experiencia urbana, que practican en las calles de Montevideo y de la cual sacan lo necesario para seguir, así, sin exigirle a ese hacer juntxs ningún resultado concreto, aunque lo hay, por supuesto, y es valioso, aunque intransferible: se hace, se siente… brrrrrrrrrrrrruffffffffsssss.

Ampliar los posibles podría dar una idea de esta propuesta, aunque quizá las palabras de Federica sean más precisas cuando habla de “la imaginación” como terreno a disputar: “Nos cuestionamos los modos de compartir, producir y crear heredados, que son parte de una realidad que no queremos encarnar”, enuncia la presentación del proyecto, y ese cuestionamiento es una práctica y esa práctica es técnica y esa técnica es entrenamiento y ese entrenamiento es… brrrrrrrrrrrrruffffffffsssss.

O sea, nada que signifique una intención: un resultado, por ejemplo.

Y todo lo que representa un hacer colectivo: poder.

Entrenar lo sensible, entonces, representa poder hacer otras cosas que las determinadas y eso es exactamente lo que se propone este seminario.

En palabras de Federica: «Venimos de años de estar sentados, de pensar que el de al lado es un problema, porque además no sé qué hacer con sus emociones. Desinstalar ese mecanismo es un ejercicio: no se trata solo de pensarlo, sino de entrenar nuestra escucha y nuestra mirada, pero siempre buscando que sea una mirada generosa y que pueda reconocer la fragilidad, un término que me parece que necesitamos habitar de una vez por todas. Somos frágiles, por suerte, y en esa fragilidad nos construimos y nos hacemos mutuamente. O nos deshacemos. Hay una potencia en esa fragilidad que necesitamos reconocer. Si yo quiero construir una comunidad solidaria tengo que practicarla cada vez que puedo, como Messi practica meter la pelota en el arco. En ese sentido la práctica es una potencia conmovedora. Es el hacer. Hay un desafío, que es crear otra sensibilidad, y con la sensibilidad no quiero decir “qué lindo el perrito”, sino que es lo que sentimos, lo que deseamos, y eso es algo que está en la columna vertebral. Ahí hay una potencia de entrenar lo sensible con otro orden, con otra sensibilidad. ¿Qué realidad vamos a crear? ¿Qué sentido les vamos a dar a las cosas? ¿Qué es lo importante ahora?  ¿Qué va a ser lo importante para mí? ¿Cómo cambio que lo que para mí es importante, me conmueve y me moviliza tenga otros órdenes, otro registro de lo sensible? Ahí hay algo que tenemos que ir sacando, esa costra de capitalismo y neoliberalismo que está en nuestra columna vertebral y que nos hace accionar en esos términos. ¿Cómo la saco de ahí? El control es una pulsión, y es una de las herramientas más potentes que ha tenido justamente este sistema. ¿Cómo no reproduzco yo ese control? ¿Cómo hago yo para quitarme la pulsión del control? ¿Cómo creo una comunidad, un colectivo, un medio de comunicación donde esto se ponga a ejercitar? ¿Cómo hacemos para que la vida sea otra cosa si no es haciendo que la vida sea otra cosa? ¿A qué le dedicamos nuestro tiempo, nuestras ganas, nuestra energía?

Estas son algunas de las preguntas con las que nos espera Federica.

Entrenar el sentir colectivo

Seminario Internacional a cargo de Federica Folco

En esta difusa pospandemia un espacio de experimentación colectiva de lo sensible para conjurar, reflexionar y crear otros posibles.

Tres encuentros intensivos:
viernes 12 de agosto de 19 a 21hs.;
sábado 13 de agosto de 14 a 18hs.;
domingo 14 de agosto de 14 a 18 hs. 

Más información e inscripción:
observatorioluciaperez@gmail.com
Cupos limitados. 

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La combustión del aceite

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Cooperativa Aceitera La Matanza fue la fábrica recuperada de tres hectáreas y media que los trabajadores lograron rescatar durante el primer año del macrismo. Soportaron la violencia del desempleo, y el costo de poner en marcha el sueño cooperativo. Hoy cosechan sus frutos: mayor producción, más fuentes de trabajo y retiros que están por sobre el convenio de los aceiteros. Por Lucas Pedulla.

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Originario & Original: MU en Salta, viaje al país olvidado

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La comunidad chorote –etnia nómade y preexistente a los Estado Nación– habita en Paraguay, Bolivia y Argentina. La Pomis Jiwet es una de ellas. Emplazada al norte de Salta, se organiza en medio de un territorio asolado por el hambre y el extractivismo. Crearon un proyecto autónomo de piscicultura, su propio pozo de agua, pelearon por educar en su idioma originario, y llevan la música como bandera. En esta tercera entrega hacemos caso a las palabras ancestrales: “No solo somos pobreza, hambre y desnutrición: cuenten también todo lo otro”. Por Francisco Pandolfi.

Alejandro, Juan Diego (charango), Juanino, y el grupo Ampey completo que incluye a Virgilio Díaz (a la derecha), cacique de la comunidad chorote Pomis Jiwet. El arte para contar la otra parte de la historia y del futuro. Fotos: Nacho Yuchark
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Los neogauchos

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Traslasierra, Córdoba: Proyecto Atahualpa. Son parte de un proceso que de a poco, pero cada vez más, revaloriza al campo frente a la ciudad como lugar no solo de producción y trabajo, sino de vida. Se consideran neocampesinos. Demuestran de qué modo la agricultura natural, agroecológica, es realizable y rentable. Están recuperando hectáreas de nogales abandonados, regenerando el suelo y abasteciendo una demanda creciente de alimentos sanos en Córdoba y San Luis. La huida del ambiente tóxico laboral y universitario. ¿Cómo viven ahora? Bocashi, bioinsumos, horizontes y la reivindicación de la gauchada. Por Sergio Ciancaglini.

Federico Denegri, uno de los integrantes del proyecto Atahualpa. Viajó y recorrió Centroamérica durante años, hasta que sus amigos y una historia de amor lo decidideron por Traslasierra. Imágenes de cómo trabajan la tierra (o de cómo se trabajan a sí mismos). Fotos: Nacho Yuchark
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La última Mu: Yo princesa

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