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La que tiene coronita

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Princesa. Encontró en el regaetton y el danceball lo que necesitaba para expresarse. Está preparando su segundo disco, producido con la independencia que marca su estilo.

La que tiene coronita

Era el tiempo en que recorríamos la noche porteña buscando la fiesta, pero la ciudad parecía no tener lugar para náufragos. La prohibición post-Cromañón había arrasado con los lugares para divertirse. O, por lo menos, los obligaba a ocultarse de la ley. Una de esas puertas con mirilla era Cocoliche. Recuerdo que atravesamos los ambientes de una casona hasta llegar a la planta alta. Allí estaba Princesa. Era una shamana urbana en medio de su ritual, una bruja que envolvía al público en su ritmo y obligaba a bailar. No es un recurso literario: la escuchamos y nos hipnotizó. Levantaba las manos, movía las caderas y cantaba:
Yo te buscaré
yo te encontraré
seremos dos
bailaremos en medio de la calle.
En la voz de Princesa, ese reggaeton suave sonaba como lo que siempre habíamos querido bailar. Tardamos un tiempo en saber que esa mujer que prometía “hacer sentir su cuerpo en suave movimiento”, la más reconocida en la materia, y que su primer disco –Algo para decir– se perfilaba como una de las mejores producciones independientes del momento.
Casi dos años después, Princesa Vale camina por su barrio –Ministro Rivadavia, atrás de Burzaco– y me dice “Ajá, es verdad: mis canciones son mantras. Me salen así, y entonces está bien que tengan ese efecto.” Lo dice con la naturalidad con la que hace un rato llamó a su perro, le preguntó algo a su madre –tan uruguaya ella– o me dijo que su nombre es Princesa porque eso es lo que es, y que en algún momento la gente lo descubrió y la empezó a llamar así.
Pero hace doce años, antes de saberse Princesa, cuando todavía era Valeria Goberna, inventaba hadas con dibujos en el rostro. “Un día dije: ya fue, soy una de ellas. Le pedí plata a mi vieja para hacerme un tatuaje y aparecí con una curita. Me había tatuado una estrella en la frente”. Ese símbolo la acompañó en sus andanzas adolescentes. “Teníamos 15 años y nos íbamos a bailar desde el miércoles hasta el domingo. Nos subíamos a los parlantes y no bajábamos hasta que cerraban en el boliche”. En ese entonces sospechaba que algo se movía en su cuerpo: su abuelo era candombero, se había criado con gente que hacía percusión hasta con la mesa, y en todas las fotos de niña ella aparecía bailando. Faltaba descubrir qué era.

Ella baila sola
Para encontrarse, se fue. “Cuando tenía 19, 20 años. estaba re podrida de estar acá. No trabajaba, no estudiaba, no hacía nada. Si querés seguir la corriente es fácil: estudiás cualquier cosa y trabajás en cualquier lado. Pero si buscás saber qué es lo que querés de verdad, te permitís una crisis”. Una de sus amigas se había ido a El Bolsón. Allá, quince jóvenes intentaban formar una comunidad. A Princesa la recibieron con una fiesta. “Fuimos a la casa de unos pibes que eran músicos. Hacían una música que mezclaba celta con otros ritmos. Yo agarré un tambor y me puse a tocar con ellos. En un momento me miré la mano y era como si fuera la mano de otro. Me di cuenta que sabía tocar: iba a tiempo, hacía golpes. Lo tenía incorporado, pero no era conciente”.

Voz propia
Si de chica bailaba frente al espejo o arriba de los parlantes, en El Bolsón su escenario fue la montaña. Pasaba horas haciendo percusión con un tronco hueco o improvisando canciones. Eso, mientras duró el calor. El invierno hizo escapar a la mayoría, y Princesa quedó casi sola, escuchando música todo el día. “En una habitación había un estudio con algunos instrumentos y micrófonos, porque uno de los chicos era músico. Yo me encerré ahí y empecé a probar cosas. Y ahí mismo inventé dos canciones y las grabé”.
Para Navidad decidió volver a Buenos Aires. “Vine para saludar y me quedé. Unos amigos vivían en una casa ocupada en Lavallol y me instalé ahí”. Sus cosas de El Bolsón las repartieron entre los niños de la zona: tenía juguetes, videos de Michael Jackson, y ropa que les quedaba bien a los más pequeños, porque las princesas –es sabido– vienen en talle small.
En Buenos Aires encontró un taller afro, donde terminó de hacer conciente el ritmo que llevaba en la sangre y que cada tanto hervía. “Me puse a estudiar canto y danza afro, a tocar tambores. Ahí empecé a cantar un montón y la conocí a Alika, que estaba en el mismo taller que yo”. Alika es una ex Actitud María Marta que se volcó de lleno al rastarafismo, tanto espiritual como musicalmente. Princesa le mostró sus temas y Alika le propuso grabar con ella. Cantó temas propios y colaboró en otro. “Con ella fue la primera vez que grabé en un estudio. Pero no fue que grabé y dije ‘uh esto es lo mío, quiero hacer un disco’. Era una cosa más, hasta que hicimos un viaje a México, y en una plaza compramos un mp3 de reggaetton, con algunos temas de Tego Calderón. Cuando lo escuché dije ¡Ahh! esto es lo que yo quiero hacer”.
Ya estaba un poco aburrida de un reggae que no le permitía bailar, que le generaba “una energía que me tiraba para abajo”. Para levantar el ánimo se refugiaba en el dancehall, que es un poco más movido, pero el reggaeton la atropelló como una aplanadora. Como ritmo y contenido suelen ser una misma cosa, también entendió que su camino espiritual estaba lejos de lo que proponían los rastafaris. “Conocía mucha gente rasta, que se preocupa sólo de lo de afuera. Si estás todo el día diciendo hacé esto, hacé lo otro, es una espiritualidad paranoica. No me interesa. En un momento de tu vida creés en dios, Jesús, Jah o lo que sea porque necesitás esa imagen de que hay algo más grande que uno no maneja: sos un instrumento de dios. Pero no, hay que hacerse cargo.”

A mi manera
Casi dos años después de su primer disco, no hay dj que no recurra a sus temas, y mucha gente la saluda en la calle, pero todavía Princesa sigue siendo independiente. Es algo que no le preocupa mucho. “Si me quedo en el under, para un grupo reducido, no llego a ningún lado. Yo quiero llegar a todos, pero a mi manera, no estoy dispuesta a cambiar cosas. Hay algo que es la esencia de lo que hago, que no lo puedo cambiar. Siento que acá nadie entiende todavía el reggaeton y el dancehall. Las pistas me las tengo que hacer yo. En Puerto Rico capaz que ya estaría con una discográfica, pero las de acá no entienden nada”.
Ahora trabaja en su segundo disco independiente junto a varios productores. Con algunos de ellos hace un intercambio: ellos la ayudan, y Princesa les enseña sobre dance hall y reggaeton, porque ellos venían de otros ritmos. Es un trabajo difícil. Cada canción tiene un montón de pasos, y cada paso es gente. Además, para ella es central que quede claro lo que tiene para decir. “El mensaje que yo creo que tengo que trasmitir es esta idea universal. Es mas allá de la política, la religión. Yo no hablo de nombres, no digo hacé lo mismo que yo. Estoy expresando mi realidad, y no me voy a poner a cantar “eh, guacho te rompo la cara” o “te va a salvar el dios lechuga”. En sus letras, se habla del amor, de la amistad, de la misión de cada uno en la vida. De los materiales que ya circulan como demo, hay una canción, Más fuego, que es para agitar a los que están dormidos. La primer parte dice así: “Quién dijo que el baile no da liberación/ no dejés que nadie corte tu inspiración/ mantiene tu alegría y te da elevación/ uniéndote a la tierra y también al cielo”. Eso es lo que tiene que decir la Princesa de la estrella en la frente.

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