Nota
Gore Vidal: Somos los patriotas
El escritor estadounidense denuncia la consecuencias de la Ley Patriótica y señala: «Por mucho que empeoraran las cosas, jamás creí ver a buena parte de la nación -de nosotros el pueblo, que no estuvimos representados ni fuimos consultados en un asunto de guerra y paz- manifestarse en tales números contra un gobierno arbitrario y secreto, que preparaba y dirigía guerras para nosotros, o por lo menos para un ejército reclutado entre los desempleados para librarlas».
(Por Gore Vidal) Pertenezco a una minoría que es una de las más pequeñas del país y cada vez se vuelve más. Soy veterano de la Segunda Guerra Mundial. Y puedo recordar haber pensado, cuando salí del ejército en 1946, bueno, ya estuvo. Ganamos. Y los que vengan después ya no tendrán jamás que volver a hacer esto. Luego vinieron las dos guerras dementes de vanidad imperial, Corea y Vietnam. Fueron amargas para nosotros, ya no digamos para el llamado enemigo. Luego nos embarcamos en una guerra perpetua contra lo que parecía ser el club del enemigo del mes. Esta guerra permitía que fluyeran grandes recursos monetarios hacia el aparato persecutorio militar y la policía secreta mientras nos retenían el dinero a nosotros, los contribuyentes, con nuestro mezquino interés por la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Pero, por muy corrupto que se haya vuelto nuestro sistema en el siglo pasado -y yo viví tres cuartas partes de él-, aún nos sujetábamos a la Constitución y, sobre todo, a las garantías individuales.
Por mucho que empeoraran las cosas, jamás creí ver a buena parte de la nación -de nosotros el pueblo, que no estuvimos representados ni fuimos consultados en un asunto de guerra y paz- manifestarse en tales números contra un gobierno arbitrario y secreto, que preparaba y dirigía guerras para nosotros, o por lo menos para un ejército reclutado entre los desempleados para librarlas. De manera perceptible, ahora dejan la mayor parte del combate a los excluidos, a los que no recibieron educación.
George W. Bush, durante Vietnam, se refugió en la Guardia Aérea Nacional de Texas. Cuando se preguntó a Dick Cheney por qué evadía el servicio militar en Vietnam, contestó: «Tengo otras prioridades». Bien, otros 12 millones de nosotros también las teníamos hace 60 años. Prioridades que 290 mil personas ya nunca pudieron atender.
¿A quién culpar, entonces? ¿A nosotros? ¿A ellos? Bueno, podemos sin temor a equivocarnos culpar a ciertos traficantes de petróleo y gas que secuestraron al go-bierno desde la presidencia hasta el Congreso y de ahí, en forma por demás ominosa, al aparato judicial. ¿Cómo lo hicieron? Curiosamente los medios siempre han estado allí. Se requirió de la mayor ambición y de otros intereses para que este golpe de Estado funcionara.
Fue nada menos Benjamin Franklin quien allá por 1787 visualizó nuestro futuro con la mayor claridad, cuando como delegado a la Convención Constitucional de Filadelfia se leyó por primera vez el proyecto de Constitución. Estaba viejo, casi moribundo, no estaba en condiciones de leer, pero preparó un texto para que lo leyera un amigo. Es una declaración tan oscura que la mayoría de los libros de historia omiten las palabras claves.
Franklin apremiaba a la convención a aceptar la Constitución pese a que en su concepto adolecía de grandes fallas, porque, dijo, podía sentar las bases para un gobierno a corto plazo. «No hay forma de gobierno que no sea una bendición para el pueblo si se administra bien, y creo además que éste puede ser bien administrado por algunos años, y sólo puede desembocar en el despotismo, como otras formas han hecho antes, cuando el pueblo se vuelva tan corrupto que requiera un gobierno despótico, pues sea incapaz de cualquier otro.» Pensemos en Enron, Merrill Lynch, etcétera, en perforaciones de tarjetas electorales y en urnas de mariposa, en el hijo del juez Antonin Scalia exponiendo alegatos en la Suprema Corte ante su padre, quien no fue objeto de recusa, mientras Clarence Thomas, quien tampoco fue impugnado, escucha en silencio y su esposa trabaja ya para el próximo gobierno de Bush. Pensemos, por último, en el Colegio Electoral, pieza de maquinaria poco confiable y antidemocrática que sin duda Franklin vio como fuente de la más profunda corrupción y subsecuentes males pa-ra la república, como ocurrió no sólo en 1876, sino también en 2000.
La profecía de Franklin se cumplió en diciembre de 2000, cuando la Suprema Corte pasó como bulldozer sobre la Constitución para seleccionar como presidente al perdedor en la elección de ese año. El despotismo está ahora sentado sin riesgos en la silla. La vieja república es la sombra de sí misma, y ahora estamos en el umbral de un imperio nuclear mundial, con un gobierno que ve su verdadero enemigo en «nosotros el pueblo», despojado de nuestra franquicia electoral. La guerra es la meta usual de los tiranos, y guerra en serio es lo que vamos a tener, a menos que -con ayuda de los bienintencionados de Europa y de nosotros mismos, despiertos por fin- podamos persuadir a este peculiar gobierno de que actúa totalmente por su maligna cuenta y en contra de nuestra historia.
La otra noche en CNN hice al admirable Aaron Brown detenerse de golpe, citando esa vez no a Franklin sino a John Quincy Adams, quien en 1821 dijo, en un debate sobre la posibilidad de que entráramos en guerra para liberar a Grecia de Turquía, que Estados Unidos «no va al extranjero en busca de monstruos que destruir». Si la nación tomaba a su cargo todos los asuntos del extranjero «podría volverse la dictadora del mundo. Ya no sería la gobernante de su propio espíritu».
Si en 2004 se nos permite realizar una elección presidencial aquí en nuestra pa-tria, sospecho que nos daremos cuenta de que el único cambio de régimen con el que requiere ocuparse nuestro espíritu recobrado es el de Washington.
El presidente Adams murió hace mucho tiempo. Y hemos estado en el negocio imperial desde 1898: habíamos prometido dar a los filipinos su independencia de España. Luego cambiamos de parecer y matamos a unos 200 mil de ellos en el proceso de someterlos a nuestro dominio.
Hace unos años hubo un significativo intercambio entre el entonces general Colin Powell y la entonces funcionaria Madeleine Albright. Como tantos civiles, ella estaba ansiosa de usar nuestras tropas contra nuestros enemigos: ¿de qué sirve tener todo ese aparato militar si no se usa? No son soldados de juguete, respondió él. Sin embargo, en aras de combatir el comunismo gastamos billones de dólares y ahora estamos en peligro de quedar sepultados bajo el peso de tantas armas.
Por lo tanto, supongo que es inevitable que, tarde o temprano, a una nueva generación se le ocurrirá la brillante idea: ¿por qué no dejamos de hacernos tontos con la diplomacia y los tratados y simplemente usamos nuestro poderío militar para dar órdenes al resto del mundo? Hace uno o dos años, un par de neoconservadores planteó precisamente esa noción. Respondí, en letra de molde, que si lo hacíamos tendríamos una guerra perpetua por la paz perpetua. Y eso no es bueno para los negocios. Luego la junta Dick Cheney-Bush se adueñó del poder. Aunque lo que más les interesa son las reservas petroleras, les gustó también la idea de jugar a los soldaditos.
En septiembre pasado el Congreso recibió del Ejecutivo un documento llamado Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Como observó el historiador Joseph Stromberg, «hay que leerlo para creerlo». La doctrina predica que sería de-seable que Estados Unidos se vuelva, para usar las palabras de Adams, la «dictadora del mundo». También da por sentado que el presidente y sus lugartenientes están moralmente facultados para gobernar el planeta. Declara que nuestra «mejor defensa es una buena ofensa». Luego expresa la doctrina de la prevención: «Como asunto de sentido común y autodefensa, Estados Unidos actuará contra las amenazas que surjan antes de que se formen por completo (cursivas mías)». Sin duda el general Ashcroft anda ahora por Utah arrestando a todo varón mormón antes de que pueda secuestrar ocho jovencitas para hacerlas sus esposas. patriotas
El artículo uno, sección 8, de la Constitución señala que sólo el Congreso puede declarar la guerra. Pero el Congreso entregó ese gran poder al presidente en 1950 y jamás lo ha recuperado.
Como dijo en forma tan encantadora el ex senador Alan Simpson en la televisión la otra noche, «el comandante en jefe de l
as fuerzas armadas decidirá cuál es la causa. No será el pueblo estadunidense». Así que en los temas importantes no estamos guiados por la ley, sino por la fe en el presidente, cuyas poderosas creencias cristianas predican que «la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven».
En respuesta a las cosas que no se ven, la Ley Patriótica de Estados Unidos pasó como de rayo por el Congreso y fue firmada 45 días después del 11 de septiembre de 2001. Se espera que creamos que sus 342 páginas cuidadosamente confeccionadas fueron escritas en ese breve lapso. En realidad se lee como una continuación de la ley antiterrorista que promulgó Bill Clinton a raíz del atentado en Oklahoma City. La Ley Patriótica posibilita que agentes del gobierno allanen la casa de cualquier persona en su ausencia, realicen un cateo e impidan por tiempo indefinido al ciudadano averiguar si se emitió una orden judicial para ello. Pueden obligar a los bibliotecarios a revelar qué libros han sido solicitados en préstamo. Si el bibliotecario o bibliotecaria se niega, puede ser sujeto a cargos criminales. También pueden recoger los reportes de crédito y otra información confidencial sin aprobación judicial ni permiso del ciudadano afectado.
Por último, toda esta actividad anticonstitucional no tiene la menor conexión con el terrorismo. A principios de febrero el Departamento de Justicia filtró la Ley Patriótica II, conocida como Ley de Refuerzo de la Seguridad Interna, con fecha 9 de enero de 2003. Un Congreso que no debatió apropiadamente la primera ley aprobará en forma abrumadora esta expansión ilegal.
Algunas disposiciones: si un ciudadano estadounidense ha sido acusado de apoyar una organización considerada terrorista por el gobierno, puede ser privado de su ciudadanía aun si no estuviera enterado de que la organización tenía vínculos con terroristas. En la ley II también se incluyen normas que permiten más búsquedas y espionaje telefónico sin orden judicial, así como arrestos (sección 201). Si un ciudadano trata de defenderse para conservar la ciudadanía con la que nació, los agentes federales que llevaron a cabo la pesquisa ilegal con la bendición de los altos funcionarios del gobierno son inmunes a toda acción legal. Es de suponerse que a un estadounidense nativo privado de su ciudadanía se le podría deportar, como se puede hacer con un extranjero. También, de acuerdo con un veredicto reciente de un tribunal federal, esta nueva atribución del procurador general no es susceptible de revisión judicial. Puesto que el estadounidense privado de su ciudadanía no puede, por supuesto, obtener un pasaporte, los considerados maquinadores de la agencia de seguridad doméstica autorizan al procurador general a deportarlo «a cualquier país o región independientemente de que ese país o región tenga un gobierno». Los casos difíciles en los que no haya un lugar donde ir pueden quedar en suspenso indefinidamente.
Mientras que la Ley Patriótica sólo negaba a los extranjeros el derecho a un proceso justo y los sujetaba a deportación arbitraria, la Ley Patriótica II incluye ahora a los estadounidenses en la misma categoría, con lo cual elimina de un plumazo todas las garantías individuales.
Nuestro gran historiador Charles Beard escribió en 1939: «El destino de Europa y Asia no ha sido confiado por Dios al cuidado de Estados Unidos, y sólo el engaño, los delirios de grandeza, las fantasías vanas, el hambre de poder o un deseo de escapar de nuestros peligros y obligaciones domésticos puede hacernos suponer que la Providencia nos ha designado su pueblo elegido para la pacificación de la tierra.
«Los estadunidenses que se niegan a saltar a ciegas hacia la vorágine de la política europea y asiática no son derrotistas o neuróticos. Dan prueba de cordura, no de cobardía, de pensamiento adulto en oposición al infantilismo. Intentan preservar y defender la república. Estados Unidos no ha de ser Roma o Gran Bretaña: ha de ser Estados Unidos.»
* Ensayista, historiador y novelista estadunidense. Su libro más reciente: Dre ming War: Blood for Oil and the Cheney-Bush Junta (Sueños de guerra: sangre por petróleo y la junta Cheney-Bush).
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema
Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.
Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini

La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
Por Lucas Pedulla

Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela

Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
por María del Carmen Varela

Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
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MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
Por Francisco Pandolfi

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
Por Lucas Pedulla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
Por Evangelina Buccari

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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